¿Qué necesito para ser lesbiana?

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Si me pidieran que explicase qué significa la identidad diría que es lo que las personas sienten que son en cada momento. Muchas veces he pensado que las etiquetas no son necesarias, que todas somos personas. Sin embargo, estoy convencida de que lo que no se nombra no existe y ahí es cuando reivindico la necesidad de hacer visibles ciertos términos.

No puedo nombrarme lesbiana y aquí es donde me asaltan todo tipo de dudas. Una amiga me decía el otro día que ser lesbiana es mucho más que acostarse con mujeres, que es una actitud ante el heteropatriarcado y ante la vida. Coincido cien por cien con ella. De hecho le dije que me considero mas “lesbiana política” que lesbiana auténtica a pesar de tener una relación con una mujer. Siempre he sentido deseo por mujeres, pero no fue hasta el año pasado cuando me enamoré. He querido pensar, y a veces quiero seguir haciéndolo, que es algo puntual, que en realidad estoy “flipada” porque es la primera mujer a la que conozco de esta manera. No me siento legitimada para llamarme lesbiana, creo que “no llego a serlo”. Quizás porque la lesbofobia que he sufrido (con ella) ha sido “sutil”. Será porque ella es tan masculina y yo tan femenina que la mayoría de las veces nos leen como una pareja heterosexual y eso hace que me sienta menos expuesta. En definitiva: me siento una lesbiana de palo.

No sé cuantos encuentros eróticos deben surgir ni con cuántas mujeres para definirse lesbiana. Sé que con la heterosexualidad esto no ocurre. Hasta ahora nunca me he cuestionado mi identidad; ni siquiera se me había pasado por la cabeza replantearme mis deseos. Lesbiana es una categoría en la que no me siento cómoda porque no me siento auténtica. Entre mi feminidad, a veces muy obvia, y que existen biohombres que me ponen, cada vez que me pienso lesbiana, creo que traiciono a cada una de ellas o que un gatito muere.

Es cierto que, dependiendo del contexto estoy cómoda diciendo que soy lesbiana y que tengo pareja mujer. En entornos no politizados, por ejemplo, lo hago siempre que tengo la oportunidad. En cambio, nunca dejaría que mis amigas “lesbianas auténticas”me oyeran definirme bollera. Delante de A. tampoco lo admitiría ¿Esto por qué? No lo sé. Otra muy amiga mía, mientras hablábamos de la orientación del deseo y la diferenciabamos de la identidad, me decía que hay personas a las que su identidad les coincide con su orientación y que a otras como a mi, no. No sé si esto tiene que ver con que soy una persona muy deseante y muy cazadora a la hora de jugar a la seducción y a pesar de no querer contacto con hombres, es con ellos con quien me siento segura y empoderada jugando a ese juego. Con las mujeres esto no me ocurre, me hago pequeñita y no sé si es por falta de práctica o de experiencia. Y ahí es cuando pienso que si no soy capaz de demostrar deseo por una mujer ¿Cómo voy a ser deseable para ellas? Mi autoestima no está en su mejor momento y puede ser que que ver esto con mi lío identitario.

Mi familia elegida me dice todo el tiempo que debo empoderarme en muchos aspectos de mi vida. Quizás este sea uno de ellos: empezar a nombrarme lesbiana y sentirme legitimada para serlo. Por una cuestión de coherencia y visibilidad, eso por lo que llevo luchando años gracias a mis compañeras bollo auténticas. Si me relaciono con mujeres, me gustan y siento deseo por ellas ¿Por qué no me siento legitimada para ser bollera y gritarlo? Por favor, que alguna me diga dónde se reparte el carnet y cuáles son los requisitos para ser una auténtica bollera merecedora del título. Gracias.

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¿Qué necesito para ser lesbiana?

Mi primer taller de ternura

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Reconozco que, para mí, ternura son mis gatas y lo que me hacen sentir ellas. Sin embargo he aprendido a entenderla de otra manera. Hace unas semanas estuve en un “Taller de ternura” cuya asistencia cuestioné hasta el último día. Miedo, inseguridad, pánico al contacto físico: Eso es lo que sentía antes de ir. Abrirme en espacios nuevos me supone un trabajo parecido al de entenderme con hombres heterosexuales y relacionarme fuera de mi zona de confort se me hace cuesta arriba. Sin embargo, decidí que ir era una buena opción. No solo porque forma parte de un curso que estoy haciendo sobre sexualidad, si no porque era una oportunidad para dejarme ser en un contexto nuevo.

Sin mencionar las dinámicas que utilizamos para ir acercándonos diré que, de repente, me vi sobando a mis compañeras sin pasarlo mal y sin sentir miedo. Me llevé montón de sensaciones nuevas y todas ellas muy agradables y aprendí que, a pesar de que las emociones y sentimientos pasan todas por el cuerpo,muchas veces no les damos la importancia que tienen ni las trabajamos lo suficiente.

Al principio fue violento, presentarme mientras era observada por otras once personas me hizo sentir tan vulnerable que solo podía temblar. Decidí expresarlo y, así, tranquilizarme un poco. Con cada ejercicio íbamos acercándonos más hasta crearse una atmósfera muy agradable. Tanto que me dio muchísima pena tener que marcharme antes para irme a trabajar.

Además de quitar miedo al contacto físico, me llevo la “despersonalización” del placer como el mejor de los aprendizajes. Cuando dos de mis compañeras, en una de las dinámicas, me vendaron los ojos para darme “una ducha”, sentí una especie de cosquilleo dentro parecido a la excitación. Fue raro, curioso, nuevo. Aprendí que no importa quién te toque si lo hace bien y te gusta. Somos cuerpos que reaccionan a las caricias y al tacto. Recuerdo que una vez en una clase de Periodismo Especializado II nuestra profesora, Lucía Martínez, nos preguntó cuál de los cinco sentidos eliminaríamos de nosotras. La mayoría coincidimos en que el tacto era el menos “necesario”. Nos hizo reflexionar sobre qué podría significar para nosotras no sentir nada a través del cuerpo y, la verdad, que cambié de opinión.

Supe lo que es sentir placer mientras desconocidos me tocaban. Maravilloso. Sin embargo, todas coincidimos en lo mismo: Nadie tocó los genitales a nadie ¿Por qué? ¿Por qué determinamos de manera tácita que hay partes del cuerpo que no se tocan? Cuando pusimos el encuentro en común todas coincidimos en que nos hubiera encantado que nos los genitales y los pechos ¿Por qué no lo hicimos? Supongo que seguimos pensando o creyendo que hay zonas “íntimas” y que, por lo tanto, no se pueden tocar. Teníamos la libertad de tocar y de sentir lo que nos saliera en cada momento y no fuimos capaces de hacerlo.

Otra de las partes que trabajamos fue la seducción: Si todas tenemos un capital erótico ¿Cómo lo usamos? ¿En qué momentos? ¿Para qué? Esto me pareció tremendo, yo vivo seduciendo, lo hago continuamente y no consigo saber porqué. Me gusta que me miren y sentirme deseada a pesar de no entablar conversaciones con desconocidxs por iniciativa propia. Con lo poco que me gusta exponerme, desconozco porqué me gusta gustar. No sé si es una cuestión de ego o miedo porque, a la vez, soy muy insegura de mi misma y me cuesta creer que puedo ser deseada, supongo que es una de las razones por la cual necesito reafirmarlo. Lo que no he podido resolver es si la seducción posee un objetivo social o se trata simplemente de una herramienta más para relacionarnos. En mi caso lo necesito para sentirme bien conmigo misma y para poder relacionarme con facilidad. También reflexionamos sobre cómo leemos los deseos: Aprendimos qué es el loicos (lo que deseo) y el leicos (a quién deseo) y que existen filtros y potenciadores. En mi caso muchas veces el género puede ser un filtro a la hora de querer seducir y la masculinidad un potenciador para hacerlo.

Lo que sé es que no quiero dejar dejar pasar ciertas oportunidades que te brinda la existencia. Quiero perderle el miedo al cuerpo, al contacto. Creo que es necesario tocar (nos) más. He descubierto que no pasa nada por tocar otros cuerpos que “no deseo” y que puedo excitarme también con ellos. Que el cuerpo responde a la caricias independientemente de quién las dé si las da bien y que es importante dejarse llevar si una está a gusto y en un entorno de cuidados. Que el miedo muchas veces nos frena y a mi casi no me deja asistir al taller. Que está bien dejarse hacer y, sobre todo, dejarse ser mientras sea lo que queramos.

Mi primer taller de ternura

No quiero más dramas con forma de hombre en mi vida

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Hacemeses salí de una relación de pareja con un hombre heterocis al que le prometí que sería el último. Supongo que sería la rabia acumulada. Era una relación tóxica que yo quería disfrazar de caracteres diferentes. Dejé de crecer como persona a los dos años de estar con él. En realidad creo que nunca crecí con él, pero no es fácil asumirlo. No me fue fácil.

Mientras estuvimos juntos hubo momentos muy especiales y bonitos, no todo iba a ser rencor y reproches. Sin embargo, en el fondo yo me sentía encerrada. Ideológicamente él no entendía mi feminismo radical y, por supuesto, ni siquiera lo compartía. Me hizo creer que lo maltraté muchas veces, sólo por querer que vea y sea consciente de sus privilegios. Jamás lo hizo, claro.

Creo que en poco más de dos años de relación no dejé de ver en él el reflejo de mi padre: autoritario, cabezón, machista, hermético. Jamás no pusimos de acuerdo en nada, fue desgastador hasta el punto de creerme que no me quería o que nunca lo había hecho.

Siempre he pensado que las personas que más daño me han hecho en mi vida, ya sea físico o psíquico, han sido varones. Durante mucho tiempo creí que “dejar de relacionarme con hombres” podía llegar a ser una idea tremendamente radical e incompatible con la vida en general. Sin embargo, esto no es así. Pienso que somos libres de elegir a las personas con las que compartir nuestros días y, sobre todo, escoger a quién meter en ellos y con quién crecer.

Últimamente se me hace cuesta arriba mantener una conversación de más de tres minutos con un hombre heterosexual. Y ni hablar del desgaste emocional que me produce así que he llegado a la conclusión de que quiero dejar de hacerlo. Puede ser una opción radical o extremista, pero igual de lícita que otra. No contemplo un mundo a mi alrededor que no sea feminista e igualitario. No lo contemplo ni lo quiero. Quiero un mundo feminista, amigas feministas, gente feminista cerca de mí y, lamentablemente, no creo en las nuevas masculinidades. Soy consciente de que no todos los hombres han abusado de mi ni me han maltratado, por supuesto. Sin embargo es tiempo de sanar y de autocuidado -Siempre buscando el equilibrio entre cuidarme y cuidar, pero esa es otra historia- Y si, para ello, tengo que romper ciertos lazos, lo haré.

Llevo unos seis meses pasando por una racha difícil y, aún así, creo que nunca he sentido tanta libertad. Quiero tejer redes nuevas, vivir con personas que me hagan crecer, que no sean autoritarias, que no me hagan sentir pequeña y, sobre todo, que me cuiden. Tengo mucho que perdonar todavía. Estoy en ello. Tengo mucho que sacarme de encima, mucha mierda metida entre ceja y ceja que me hicieron creer y que ahora, medio año más tarde, me doy cuenta de que no era real. Ni estoy loca, ni soy un bicho raro, ni soy mala persona y es mentira que no merezca el respeto de nadie por pensar como pienso. Me lo repito cada mañana: No soy mala persona, solo he elegido el camino que me va bien y me he dejado la piel por hacer el menor daño posible. Tiempo al tiempo. Hace meses quería dormirme y despertarme después de reyes. Aquí estoy, casi es febrero y estoy feliz.

No quiero más dramas con forma de hombre en mi vida

Estoy feliz: he dejado de ser universitaria

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Con esto que escribo no pretendo dar pena ni mucho menos. Solo manifestar mi enfado y reafirmarme en mi odio hacia ciertas instituciones, en este caso la universidad. Hace tiempo que no me llama la atención ir a clase, me aburre y me parece patético el ambiente. Desde profesorxs que presentan sus asignaturas con sus currículums personales, hasta trabajos con plazos de entrega absurdos.

La cuestión es que el año pasado empecé un máster que llevaba en mi mente un par de años. Decidí matricularme para hacerlo en dos años y compaginarlo con trabajo. Me lo pensé muy bien, tenía que pagar unos ochocientos euros y pico, casi novecientos, pero bueno, como quien tiene un capricho de tiendas, el mío era este máster (en Estudios políticos y gobernanza). Ahorré y lo pagué y cursé los módulos, todos con buenas notas como manda la norma.

Este segundo curso, que comenzó en septiembre, mi situación personal es otra. Tengo un alquiler que pagar, con sus respectivas facturas. Tengo más gastos en general y, como vivo al día y no hago eso que la gente normal hace, ahorrar, este año no puedo pagar la universidad. Me piden más de mil euros por 34 créditos. Mil euros son dos meses de alquiler para mí. No los tengo. Imposible. Me decido por pedir una beca al Gobierno Vasco, la cual me deniegan por “no estar matriculada en el mínimo de créditos”.  Cuando me la denegaron la recurrí sabiendo que era difícil. No iba a recurrirla, pero es cierto que mi entorno me convenció, no sin razón, ya que ya había desembolsado mucho dinero y tiempo, sobre todo tiempo, el curso anterior. Presenté todos mis ingresos desde el día que empecé el curso hasta el mes pasado. Mi (única) cuenta con sus movimientos. Mi contrato de trabajo, mi contrato de piso, nóminas; todo lo que demostrara lo precaria que soy y el porqué no puedo pagar. Finalmente me han respondido que no me la dan. Al gobierno se la trae floja que yo no tenga dinero, que tenga medio máster cursado y pagado, que sacara los trabajos con “buenas notas”, que hiciera el esfuerzo de asistir a clase y compaginarlo con el trabajo. Que si, que todo lo que yo quiera pero no me van a ayudar a acabarlo.

Siento rabia pero en el fondo también me alegra saber que no volveré a ver la universidad. He tardado casi 27 años en darme cuenta de lo mal que hace. De la cantidad de lloros y disgustos que esa entidad me ha dado. Me haré con la bibliografía y estudiaré por mi cuenta lo que me interese aunque no tenga un título para hacerlo constar. Me quedo con lo mejor que me dejó que, sinceramente, no es poco. Por lo demás, a partir de hoy, empezaré a vivir sin pensar en tesinas ni trabajos infinitos. Gracias, Gobierno Vasco, por echarme de la universidad. Os lo agradezco infinitamente, de verdad.

 

Estoy feliz: he dejado de ser universitaria

¿Dónde están las abolicionistas del trabajo doméstico?

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Sí, por favor, dónde están. Trabajo en la casa de una familia con recursos que se dedican a producir y acumular capital la mayor parte del día. Ella, a falta de uno, dos trabajos: administrativa y profesora de universidad; cabe mencionar que, siempre que puede, hace alarde de lo segundo y de sus amistades del ámbito, como si las universidades no estuvieran repletas de incompetentes sin vocación docente. Él, hombre de negocios. Como dice una amiga, es de esa gente con traje que coge aviones entre semana para ir a trabajar. Mi trabajo es cuidar de sus hijos y organizar su casa. Y la mía, mis cinco gatas, mis estudios y organizar mi tiempo. Llevo casi dos años con ellos, trabajando ocho horas al día por 650€ mensuales. Ha habido días de 13 o 14 horas por el mismo sueldo, sobre todo el año pasado, cuando los niños, mellizos de dos años, no iban al colegio. Hoy van a la ikastola y me organizo lo mejor que puedo, sobre todo ahora que me estoy sacando el carnet de coche. Cierto es que me cobro las horas extras metidas en el pasado  siempre que puedo pero nunca, nunca jamás, he dejado de hacer mi trabajo.

 

El trabajo doméstico y de cuidados es de los trabajos menos valorados que existen. En todo este tiempo he aprendido lo dura que es la crianza y he afianzado mis ideas de no procrear nunca, sobre todo por lo que ello supone. También he aprendido a ver mi casa más sucia y más dejada y sé que nadie se muere por ello. A pesar de ciertas cosas, nunca me he quejado. Ni siquiera cuando, sin previo  aviso, me cambiaron a jornada partida. Y, aunque se metan ocho horas, todas sabemos que no es lo mismo hacerlas del tirón, como habíamos quedado el día de mi entrevista, que hacer 4 a la mañana y 4 a la tarde. Aun así, me pidieron que hiciera un esfuerzo y lo hice sin quejarme. He estado sin quejarme hasta hoy. Mi horario de salida los jueves (tengo diferentes horarios dependiendo de las clases de la madre) es a las 18 y ella me ha pedido que me quedara hasta las 20.30 para poder ver a sus amigas. Soy la primera que entiende que tenga ganas de hacer vida social pero yo tenía pensado estudiar hasta la hora de ir a entrenar. Se lo he hecho saber pero, aun así, pensaba quedarme. Su respuesta fue “puedes estudiar a la mañana y haces 4 horas por la tarde” y aquí, tengo que reconocer, perdí las formas. Si hay algo que no tolero es que me digan cómo gestionar mi tiempo, que no es mucho la verdad. Le dije que no me sienta bien que me organicen la vida y que intentara ponerse en mi lugar cinco minutos, que tenía cosas que hacer. Su respuesta automática fue el silencio para, más tarde, seguir con la ignorancia.

Evidentemente, su respuesta no me pareció para justa. Con un “te entiendo” me hubiera valido y me habría quedado. No sé si la empatía es algo que escasea entre la gente bien o, simplemente, no se tiene en cuenta el tiempo libre de una trabajadora. No vivo para trabajar ni sacrifico mis tiempos para ganar más. Ojalá me pagaran  las horas extras, tendría unos pocos ahorros por lo menos. Pero, como no es el caso, paso. Hoy me he cansado y he dicho lo que pensaba y me han castigado con el silencio y la ignorancia. Quienes me conocen saben que he sentido culpa por un momento.

¿Y por qué pregunto dónde están las abolicionistas de este trabajo? Porque estoy convencida de que es una basura ¿Por qué sigo? Porque, a pesar de que no llego a final de mes, me permite, a veces y escaqueándome, dedicarme mi tiempo. Y esto es lo que es una mierda para mí: conservar un trabajo que no me da para vivir económicamente pero sí me da espacio para otras cosas aunque a veces no pueda ni pagar esas “cosas”. Es un asco tener que elegir pero, desgraciadamente, hoy por hoy, esto es lo que me conviene si quiero crecer por dentro. Por eso “no puedo quejarme”, porque tengo esas cosas que otros trabajos no permiten. Lo que no tengo es derecho a la prestación por desempleo, ni ahorros para poder dejarlo y buscar otra cosa. Y ni hablar del vínculo emocional que me une con esas criaturas a las que cuido lo mejor que sé desde que tenían cinco meses.

Pero que no me digan que es un trabajo como los demás o que libera porque, en mi caso, no me libera ni me deja vivir.

 

¿Dónde están las abolicionistas del trabajo doméstico?

De repente no soporto a nadie

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Hasta hace poco no sabía bien en qué consistía el autocuidado. Resulta que, en mi caso, cuidarme significa dejar de ser como he sido siempre: sonriente y complaciente. Me he pasado la vida sonriendo, asintiendo con la cabeza y callando por miedo. Poco a poco empecé a ser la rara, la del mar carácter y hoy en día sigo creciendo y cambiando, afortunadamente. De repente es como si odiara todo tipo de actitudes casi “normales”. No las quiero para mí y entonces me alejo de ellas.

Cada día repelo más a las personas que me dicen cómo tengo que ser o cómo tengo que vivir. Y no es que “a mí no se me pueda decir nada”, como muchas creen. Claro que acepto críticas (a regañadientes, lo reconozco) pero no acepto que me cuestionen y, sobre todo, que no se pongan en mi lugar (o en el de terceros, claro). Parece que está de moda dar tu opinión sin que te la pidan o decir cómo debe hacer las cosas o cómo no debes hacerlas. Creo que con el trabajo que supone coger un espejo y mirarse en él para hacer autocrítica no debería quedar tiempo para cuestionar otras vidas que no sean la propia.

No soporto a la gente sin empatía. A esa policía de la moral que sabe lo que está bien y lo que está mal y, encima, cree que te hace un favor explicándote las cosas como si fueras una niña pequeña. Esas mismas personas que me llaman a mí radical (que por supuesto que lo soy) son las mismas incapaces de ponerse en el lugar de otras en vez de atacarlas y juzgarlas por X o por Y.

Siento un profundo rechazo a quienes me interrumpen al hablar, a quienes levantan la voz como señal no sé bien de qué y a quienes no dejan hablar a las demás. A quienes creen llevar razón siempre, hablen de lo que hablen. A quienes no creen en grises, a pesar de que yo, a veces, también soy muy de blancos y de negros. En ello estoy trabajando.

Me asquea la pedantería y el elitismo. Lxs intelectualistxs, quienes creen que por pasarse la vida leyendo valen la pena como personas. A quienes hacen de menos a aquellas que no leen o que no estudian. A quienes miden a las demás por la extensión de su currículum, por el número de títulos que tenga o dependiendo de si ve, o no, la televisión.

Me crean mucha ansiedad las supermadres, esas que se pasan la vida hablando de sus hijxs y de su crianza, que opinan sobre los cuidados de otras pero jamás se han cuestionado la maternidad como institución. La idea de “qué bonito es parir, qué bonito es gestar y qué bonito es cuidar” no me gusta y no voy a permitir que me digas que ya cambiaré de opinión. Eso lo sabré yo. Yo no voy a intentar convencer a nadie de no parir pero sí me alejaré de discursos promaternidad que me incomodan.

Me carga el coñocentrismo, el coitocentrismo y la misticidad de lo femenino.

Me aburren, y mucho, como dice Alicia Murillo, “las policías del activismo”: aquellas que en cualquier momento sacan el feministómetro porque ese día te has depilado, has follado con un tío o te has reído de un chiste tal. O esas que esperan que saltes como un perro de presa ante cualquier comentario de mierda.

No aguanto a las personas envidiosas ni a quienes están obsesionadxs con la culpa: “esto es culpa de”, “esto es por TU culpa”. Con lo que cuesta librarse de ella como para que vengan a echármela encima continuamente. Con esto no quiero decir que puedas ir haciendo daño a diestro y siniestro, eso no es cuidar y aquí se habla de cuidar (me) a quienes más queremos. Nosotras y nuestro entorno.

Por supuesto no tengo cerca ningún “no soy machista pero”, “no soy racista pero”, “tengo un amigo gay pero”. Creo que me he alejado bastante de este tipo de discursos xenófobos, machistas y homófobos. También me alejo de quienes legitiman estas violencias pero condenan, por ejemplo, la autodefensa.

 Creo que todas estas resistencias son las “culpables” (puestas a echar culpas) de que ya no me sienta a gusto rodeada de ciertos individuos que, en otros momentos, me hacían sentir bien (o eso creía). Puede ser. Pero también sé que me siento mucho mejor desde que me alejo de ciertas actitudes. No hace mucho empecé una limpieza emocional que hago todos los días. Cuesta. Cuesta muchísimo, sobre todo cuando has sonreído toda tu vida y has sido complaciente. Poco a poco dejo de sonreír por sonreír, por complacer, por quedar bien. Y empiezo a sonreír solo cuando realmente tengo ganas de hacerlo. Esto para mí sí que es autocuidado y, encima, gano en salud.

De repente no soporto a nadie

Quitando hierro a la maternidad

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Ayer una amiga mía compartió esta imagen en Facebook. Qué puedo decir, casi me salen granos. Me parece horrible. Yo no soy abuela, madre ni esposa y exijo respeto igualmente. No puedo evitar ser crítica con imágenes como estas, no me gusta y no creo que nos liberen de nada.

Hace un par de meses entregué un trabajo sobre la desmitificación de la maternidad, todo lo contrario a lo que esta imagen promueve. Mi profesor me dijo que le impactó, que él era más de la corriente “del feminismo de la diferencia” pero que encantado de debatir conmigo sobre mi postura.

Paraentender la figura del sujeto madre es imprescindible repasar la construcción social de la niñez. El siglo XV se conoce como “el siglo del niño” ya que, hasta entonces, el respeto a los niños y niñas no existía. Las criaturas comenzaron a tener una identidad propia en el momento en que la producción dejó la casa y desaparecieron las tareas que habían llenado las jornadas infantiles tales como el bordado, en el caso de las niñas o el cortar la hierba, en el caso de los niños. La infancia, poco a poco, pasó a ser una etapa diferenciada de la vida. Se idealizó la niñez y los niños y niñas ya no eran adultos de pequeño tamaño. Sus intereses ya eran cuestiones de máxima importancia para el resto de la sociedad. A finales del siglo XVI se sucede la formación del concepto de la infancia el cual no se aplicaba a las mujeres. Las niñas pasaban de ser niñas a ser mujeres adultas directamente.

Lo que hace el siglo del niño es un culto a la maternidad fomentando la domesticidad de las mujeres. El hogar de una mujer no podía tener animal más energético que un niño pequeño con lo que la era obligada a quedarse en el hogar que, al fin y al cabo, era su esfera.

Los verdaderos arquitectos e innovadores fueron los moralistas y los pedagogos del siglo XVII (…) Fueron los primeros en abrazar los conceptos de debilidad e “inocencia” de la niñez; pusieron a la infancia sobre un pedestal, al igual que se había hecho con la feminidad y predicaron la segregación de los niños del mundo de los adultos”  S. Firestone (1973: 105)

El culto a la niñez y el culto a la feminidad, tal y como ocurre hoy en día, iban de la mano y convertían a mujeres y niños en sujetos oprimidos. Creo profundamente que las capacidades biológicas de las mujeres son la razón original de su opresión y, como decía Firestone, la maternidad es biología pero la necesidad de hacer de ello algo divino y primordial para las mujeres es cultural.

Cuando la maternidad, una realización que se ha considerado sagrada desde tiempos inmemorables, se define como una forma de vida total, ¿deben las mujeres negarse a sí mismas el mundo y el futuro que se abre ante ellas? ¿O ese rechazo del mundo les obliga a hacer de la maternidad una forma de vida total? La línea entre la mística y la realidad se desvanece; las mujeres reales encarnan la ruptura de la imagen”  (B. Friedam 1970: 100)

El nacimiento de la familia nuclear y de la infancia reforzaron, a través de un estilo de vida, un lenguaje, vestido y modales específicos la dependencia infantil y la servidumbre femenina respecto a la maternidad. “A la mística de las excelencias de la maternidad (la grandeza de la creatividad femenina “natural”) se añadía una nueva mística en torno a las excelencias de la infancia y a la creatividad de la educación infantil”, escribía Shulamith Firestone en su Dialéctica sexual. Esta misticidad de la maternidad se vio reforzada con la aparición de “expertos” en la materia. El psicoanálisis descubrió el instinto maternal, ese núcleo intangible entre la madre y su hijo o hija. Ese ingrediente único y válido para la construcción del niño o niña, ese nexo que podía mantener al hijo unido con la madre y a la madre unida al hogar.

El psicoanális asumió el proyecto que la ginecología decimonónica había afrontado anteriormente: buscar las raíces de la domesticidad de la mujer en el fondo de la biología femenina: ‘el comportamiento maternal -declaró la psicoanalista Therese Benedek- está regulado por una hormona pituitaria” (Ehrenreich y English 2010: 300)

Los expertos fueron los encargados de construir y fabricar a la madre ideal. La educación de los hijos se volvía una extensión de la gestación y debía ser, ante todo, permisiva. La madre debe sentirse realizada haciendo las tareas de cuidados infantiles porque, no se trata de satisfacer solo las necesidades de los hijos, si no que una debe realizarse como persona. Una buena madre disfrutará del embarazo y la lactancia, incluso disfrutará con ellas, su compañía más enriquecedora será la de su hijo y su preocupación más importante la de sus cuidados. Será algo instintivo: se necesitarán el uno al otro y disfrutarán de ello siempre. Hoy día sigue existiendo una presión enorme sobre las mujeres que deciden no querer ser madres y, si lo son, se cuestiona su manera de cuidar. Sin embargo, sigo pensando que es fundamental cuestionarse el deseo a la maternidad. ¿Es un derecho la maternidad? ¿Es un privilegio decir no? ¿Por qué deseo ser madre y reproducirme? ¿Puedo, aunque lo desee, negarme a serlo? Es necesario que la feminidad deje de ser sinónimo de naturaleza y erradicar la idea, aún extendida, de que las mujeres solo pueden madurar y realizarse si llegan a ser madres.

Elegir la maternidad es relativo dependiendo del grado de gestación, en el caso de que la hubiera. Es decir, si no estoy embarazada puedo elegir (con las presiones que conlleva decir no querer ser madre). Sin embargo, si ya se está gestando un embarazo, ya no soy responsable de elegir la maternidad, esta se impone (porque no nos dejan abortar) y se convierte un mecanismo de control. Entiendo que pueda existir una relación conflictiva o de confusión, por ello es necesario  cuestionarse el deseo de reproducirse y maternar y así desnaturalizar la maternidad. Lo dice también Leonor Silvestri, escritora feminista,  en esta entrevista, “quienes portan un útero deben cerrar la fábrica de producción del ejército de reserva de esclavos heteronormativos, desafiliarse de las filas heteronormativas y dejar de proclamar la unión natural y esencial útero-vida-tierra”. Debemos deshacer y desaprender las construcciones tradicionales que encierran a la mujer en el ámbito de lo natural y de lo doméstico porque, citando nuevamente a Firestone, no nos hace libres ser objeto de admiración. Todo esto es producto de un trabajo de años y años de expertos cuyos estudios han culpabilizado a las mujeres y a las “malas madres”, aquellas que ocasionaban las “enfermedades psicotóxicas de la infancia”. No solo había que disfrutar de los momentos del niño o niña, había que disfrutar y gozar de dichos momentos verdaderamente. Si la maternidad era y es satisfacción, no hay lugar para demostrar lo contrario y la ciencia es quien se encarga de calificar según qué actitudes maternas, no propias de una “buena madre”, como patologías. Seguir leyendo “Quitando hierro a la maternidad”

Quitando hierro a la maternidad